La primera audiencia pública de gran magnitud realizada en Villa de Merlo quedará en la historia por abrir el poder a la ciudadanía. Pero también dejó escenas impropias, actitudes provocadoras y episodios que oscilaron entre lo circense y lo grotesco, desdibujando la seriedad del acto.

La audiencia pública realizada en Merlo fue, sin dudas, un hecho institucional relevante. El Estado abrió una instancia formal de participación, puso a disposición micrófonos, tiempo y escucha. Sin embargo, mientras la historia registrará ese gesto democrático, el detrás de escena dejó una postal menos edificante.

Gritos, burlas, actitudes performáticas y comportamientos deliberadamente disruptivos convivieron con exposiciones serias y responsables. Para muchos asistentes, el evento terminó pareciendo más un espectáculo improvisado que una instancia solemne de construcción colectiva.

Tejer mientras otro habla: el desprecio como mensaje

Durante el desarrollo de la segunda parte de la audiencia, una escena llamó particularmente la atención. Una oradora que ya había hecho uso de la palabra se recostó en el suelo junto a otra persona y comenzó a tejer.

No hubo aclaración ni contexto. No se supo si se trataba de una clase improvisada o de un acto espontáneo. Lo cierto es que, entre carcajadas compartidas, ambas interrumpieron visual y simbólicamente el momento en que otra persona exponía. El gesto fue leído por muchos como lo que fue: una falta de respeto explícita.

La exdiputada autopercibida adolescente

A lo largo de toda la jornada, una asistente —que llamativamente nunca solicitó la palabra— decidió hacerse escuchar de todos modos. Gritos, silbidos, sonidos amplificados con las manos y reacciones propias de una tribuna futbolera se repitieron cada vez que alguien expresaba una opinión que no coincidía con la suya.

La escena, reiterada y deliberada, transformó el espacio de participación en un campo de provocación constante. Cualquier semejanza con una barra brava, según algunos asistentes, no fue casualidad sino método.

La oradora de otro mundo

Otra intervención que no pasó desapercibida ocurrió antes incluso de que comenzara su exposición formal. Una de las oradoras aseguró dias antes ser hija de seres de otro planeta. Cuando finalmente tomó la palabra, el murmullo ya recorría la sala.

No fue su discurso lo que marcó el momento, sino el contexto previo que convirtió su participación en una rareza más dentro de una jornada que parecía no encontrar límites.

El iluminado del “yo no soy político”

El cierre de los episodios más llamativos lo protagonizó un joven orador que comenzó pidiendo disculpas por su propia ignorancia sobre el tema. Acto seguido, desplegó un glosario prolijamente escrito con críticas y fundamentos cuidadosamente redactados.

Entre repeticiones de “yo no soy político”, admitió sin rodeos: “Estas palabras eran más fuertes, pero las acomodé para que no me perjudicaran políticamente”. El sincericidio fue inmediato y dejó expuesto un juego que poco tuvo de ingenuo.

Entre lo solemne y lo bizarro

Nada de esto borra que la mayoría de los presentes asistió con responsabilidad, interés genuino y voluntad de participación. Pero tampoco puede ocultarse que otro grupo eligió molestar, provocar y banalizar una instancia que merecía respeto.

La audiencia pública de Merlo será recordada. Por lo que representó institucionalmente, sí. Pero también por ese lado B incómodo que mostró cómo, cuando la seriedad se abandona, la participación se transforma en espectáculo.

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