Entre el ruido, las operaciones y el verdadero ánimo social en Villa de Merlo

Hay algo que ocurre cada cuatro años y que parece repetirse con una precisión casi matemática. Mientras rueda la pelota, la política entra en pausa. Durante un mes, las discusiones públicas quedan suspendidas, los dirigentes bajan el perfil y hasta las redes sociales parecen descubrir que existen otros temas además de las disputas partidarias. El Mundial genera esa rara capacidad de poner en pausa las diferencias.

Pero el Mundial terminó.

Argentina cerró una etapa histórica, Lionel Messi disputó probablemente su última Copa del Mundo y, como suele suceder después de cada gran evento deportivo, la realidad volvió a golpear la puerta.

Y en Villa de Merlo esa realidad tiene nombre propio: el nuevo Ordenamiento Territorial.

Un tema complejo, técnico, trascendente para el desarrollo de la ciudad y que lleva varios meses de debate. También un tema que, paradójicamente, parece generar mucho más movimiento dentro de la política que fuera de ella.

Porque si uno observa todo lo ocurrido durante este proceso, podría pensarse que estamos frente al conflicto social más importante de la historia reciente de Merlo. Audiencias públicas, presentaciones, comunicados, conferencias, sesiones calientes en el Concejo Deliberante, declaraciones cruzadas y una cantidad de discursos que, por momentos, hacen recordar esas sagas cinematográficas que ya llevan diez películas y nadie sabe muy bien cómo empezó la historia. Como Rápido y Furioso: mucho ruido, muchas explosiones… pero cuesta encontrar el argumento original.

Sin embargo, basta salir del recinto y caminar unas cuadras para encontrarse con una realidad bastante diferente.

La gran contradicción

Aquí aparece la pregunta que pocos parecen hacerse.

¿Existe realmente ese enorme conflicto social que algunos dirigentes describen?

Porque si algo caracterizó este proceso es la enorme cantidad de instancias de participación que existieron.

Hubo reuniones. Hubo presentaciones técnicas. Hubo información pública. Hubo audiencias. Hubo convocatorias abiertas. Hubo espacios para consultar, debatir y plantear observaciones.

Y, sin embargo, la participación ciudadana fue escasa.

No hubo movilizaciones masivas. No aparecieron reclamos espontáneos de gran magnitud. No se observaron barrios enteros organizándose alrededor del tema. La inmensa mayoría de los merlinos, sencillamente, siguió con su vida.

Eso no significa que el Ordenamiento Territorial no sea importante. Lo es. Muchísimo. Define cómo crecerá Merlo durante las próximas décadas.

Lo que significa es otra cosa. Que la intensidad del debate político no necesariamente refleja la intensidad del interés ciudadano. Y esa diferencia no es menor.

Cuando la oposición decide representar una mayoría que no aparece

En ese escenario aparece otra particularidad.

Desde hace semanas, algunos sectores de la oposición —con concejales como Miranda, Ferrarotti y otros referentes— insisten en presentarse como la voz de una ciudadanía supuestamente indignada.

El problema no es que cuestionen un proyecto. Esa es precisamente la función de una oposición democrática.

El problema aparece cuando esa representación comienza a construirse sobre una mayoría que, en los hechos, cuesta encontrar.

Porque una cosa es decir:

«Creemos que este proyecto debe modificarse.»

Y otra muy distinta es afirmar:

«Los vecinos piensan…»

«La comunidad rechaza…»

«El pueblo está diciendo…»

¿Dónde está ese pueblo?

Porque hasta ahora, los hechos muestran algo bastante diferente. Y en política, los hechos suelen ser más importantes que los discursos.

El cambio de estrategia

Quizás alguien también advirtió esa dificultad.

Tal vez por eso comenzó a verse otro fenómeno.

Las críticas empezaron a salir menos desde los partidos políticos y más desde organizaciones que se presentan como agrupaciones vecinales.

El caso más visible es Vecinos por la Participación.

Su presentación pública intenta transmitir la idea de un grupo autoconvocado de ciudadanos preocupados por el futuro de Merlo.

Hasta allí, nada objetable.

Toda organización vecinal tiene pleno derecho a participar.

Pero cuando uno observa quiénes integran esos espacios aparecen nombres conocidos.

Ex candidatos del kirchnerismo.

Referentes vinculados a la agrupación Darío Santillán.

Ex funcionarios provinciales de la gestión Rodríguez Saá.

Militares activos de distintos espacios opositores.

Incluso figuras como la dirigente radical Titina Nicoletti.

Y entonces surge una pregunta inevitable.

¿Estamos frente a un movimiento espontáneo de vecinos?

¿O simplemente ante una estrategia política presentada con otro envase?

Porque una cosa es militar una idea.

Y otra muy distinta es ocultar la militancia detrás de una identidad vecinal.

La transparencia también debería ser un valor político.

Lo que realmente preocupa al vecino

Quizás el mayor error de cierta dirigencia sea creer que la ciudadanía vive pendiente de la política. No es así. El vecino promedio de la Villa de Merlo está pensando en llegar a fin de mes.

En pagar los impuestos. En sostener su comercio. En conseguir trabajo. En que sus hijos estudien. En la seguridad. En la salud. En el precio de los alimentos. En la próxima factura de servicios. No porque sea indiferente. Sino porque la vida cotidiana ya tiene suficientes preocupaciones.

Por eso eligió representantes.

Porque justamente la democracia funciona sobre una idea bastante simple: delegar decisiones complejas en quienes fueron elegidos para asumir esa responsabilidad. Eso no elimina el derecho a participar. Pero tampoco convierte automáticamente a toda discusión técnica en una batalla popular.

El desafío del oficialismo

Nada de esto significa que el Gobierno municipal tenga razón en todo.

Toda gestión pública debe explicar mejor, escuchar más y corregir cuando sea necesario. El Ordenamiento Territorial merece debate. Merece controles. Merece críticas responsables. Porque de eso se trata gobernar. Pero también merece honestidad intelectual.

Y allí aparece el verdadero desafío.

Separar las diferencias técnicas de las operaciones políticas.No transformar cada discusión urbanística en una campaña electoral permanente. No fabricar conflictos donde la realidad no los muestra.

Menos relato. Más realidad.

En tiempos donde la política muchas veces parece vivir más pendiente de las redes sociales que de la calle, conviene volver a mirar algo muy sencillo.

La realidad.

Y la realidad, por ahora, muestra una ciudadanía mucho más ocupada por sus problemas cotidianos que por las internas partidarias. Quizás ese sea el dato más incómodo para algunos sectores políticos. Porque cuando el ruido baja y las consignas desaparecen, queda una verdad difícil de discutir.

Los merlinos ya eligieron quiénes deben conducir la ciudad.

La oposición tiene la obligación de controlar.

El oficialismo tiene la obligación de gobernar.

Y los vecinos tienen el derecho de vivir sin que cada decisión pública sea convertida, necesariamente, en una batalla política. Tal vez esa sea la discusión que realmente vale la pena dar.

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